miércoles, 13 de diciembre de 2017

El cuento del día



El Cuento del Día

En una lejana comarca allí donde el sol aparece cada mañana, vive Long Ching, un anciano de frágil cuerpecillo y larga barba blanca. Sus modales serenos y su palabra siempre cuidadosa y amable, hacen de él un hombre respetado por todos los que lo conocen, que incluso afirman que Long Ching fue en su juventud iniciado en los misterios de la antigua sabiduría. Así que su prudencia y sobriedad es siempre objeto de admiración de todos los que lo conocen, incluido su propio y único hijo que con él vive.

Aquel día, los vecinos del poblado de Kariel se encontraban muy apenados. Durante la pasada tormenta las yeguas de Long Ching habían salido de sus corrales y escapado a las montañas, dejando al pobre anciano sin los medios habituales de subsistencia. El pueblo sentía una gran consternación por lo que no dejaban de desfilar por su honorable casa y decir repetitivamente a Long Ching: ¡Qué desgracia! ¡Pobre Long Ching! ¡Maldita tormenta la que cayó sobre tu casa! ¡Qué mala suerte ha pasado por tu vida! Tu casa está perdida...

Long Ching, amable, sereno y atento, tan sólo decía una y otra vez: Puede ser, puede ser...

Al poco sucedió que el invierno comenzó a asomar sus vientos trayendo un fuerte frío a la región, y ¡oh sorpresa!, las yeguas de Long Ching retornaron al calor de sus antiguos establos, pero en esta ocasión preñadas y acompañadas de caballos salvajes encontrados en las montañas. Con esta llegada, el ganado de Long Ching se había visto incrementado de manera inesperada. Así que el pueblo, ante este acontecimiento y sintiendo un gran regocijo por el anciano, fue desfilando por su casa, tal y como era costumbre, para felicitarlo por su suerte y su destino. ¡Qué buena suerte tienes, anciano! ¡Benditas sean las yeguas que escaparon y aumentaron tu manada! La vida es hermosa contigo, Long Ching...

A lo que el sabio anciano tan solo contestaba una y otra vez: Puede ser, puede ser.

Pasado un corto tiempo, los nuevos caballos iban siendo domesticados por el hijo de Long Ching, que desde el amanecer hasta la puesta del sol no dejaba de preparar a sus animales para sus nuevas faenas. Podría decirse que la prosperidad y la alegría reinaban en aquella casa. Una mañana como cualquier otra sucedió que uno de los caballos derribó al joven hijo de Long Ching, con tan mala fortuna que sus dos piernas se fracturaron en la caída. Como consecuencia, el único hijo del anciano quedaba impedido durante un largo tiempo para la faena diaria.

El pueblo quedó consternado por esta triste noticia, por lo que uno a uno pasando por su casa decía al anciano. ¡Qué desgraciado debes sentirte, Long Ching!, le decían apesadumbrados. ¡Qué mala suerte, tu único hijo! ¡Malditos caballos que han traído la desgracia a la casa de un hombre respetable!

El anciano escuchaba sereno y tan sólo respondía una y otra vez: Puede ser, puede ser...

Al poco, el verano caluroso fue pasando y cuando se divisaban las primeras brisas del otoño, una fuerte tensión política con el país vecino estalló en un conflicto armado. La guerra había sido declarada en la nación y todos los jóvenes disponibles eran enrolados en aquella negra aventura. Al poco de conocerse la noticia, se presentó en el poblado de Kariel un grupo de emisarios gubernamentales con la misión de alistar para el frente a todos los jóvenes disponibles de la comarca.

Al llegar a la casa de Long Ching, y comprobar la lesión de su hijo, siguieron su camino y se olvidaron del muchacho que tenía todos los síntomas de tardar en recuperarse un largo tiempo.Los vecinos de Kariel sintieron una gran alegría cuando supieron de la permanencia en el poblado del joven hijo de Long Ching.

Así que, de nuevo, uno a uno fueron visitando al anciano para expresar la admiración que sentían ante su nueva suerte. ¡Tienes una gran suerte, querido Long Ching!, le decían ¡Bendito accidente aquél, que conserva la vida de tu hijo y lo mantiene a tu lado durante la escasez y la angustia de la guerra! ¡Gran destino el tuyo, que cuida de tu persona y de tu hacienda, manteniendo al hijo en casa! ¡Qué buena suerte, Long Ching, ha pasado por tu casa!

El anciano mirando con una lucecilla traviesa en sus pupilas tan sólo contestaba: Puede ser, puede ser...  





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